Cada cosa en su lugar

Un recuerdo del pasado, con un poco de odio presente al recordarlo:
Cómo pesa la agonía de no poder desarmarte viva por las calles. Flamear tus vísceras en los baldíos donde la caca de perro es tan guisante que las moscas huyen espantadas hasta la esponja de la cocina de mi casa. Está tan sucia y no se si cambiarla o lavarla. Lavarla me parece un error, pero jamás pediría a nadie que me explique el modo de cuidar y cada cuanto cambiar una esponja. Cuando lavo los platos los guardo mojados, y cuando alguien los saca dice “están mojados”, con un lamento tan irritable, que me pone en un estado de dinosaurio pepeado. De la misma forma en que mi madre me decía que tenía que vivir. Cada pantufla en su lugar y nunca tirarse a leer en el sillón, no sea cosa que hoy venga alguien y encuentre toda la casa hecha un desquicio, no señor. El orden hogareño traza un paralelo con un pensamiento que se acostumbra a doblar las camisas y echar agua a las plantas cuando las hojas ya están todas amarillas. El orden y el acomodamiento de las cosas en su sitio son los factores que se aploman en las bases de mi conciencia y me hacen ver como sujeto que se espanta día a día de lo que es. Cuando las camas estaban hechas, cuando la ropa estaba en sus cajones, mi madre suspiraba. Para ella era un día de gracia en la que la olímpica cintura de Dios vibraba entre los elásticos de un consolador y las ideas suicidas del maligno.
Vida en casa
Nunca permitía que entren en mi pieza, odiaba eso, que mi vieja se metiera en mi pieza para ordenarla a su gusto, a su piaccere. dejaba todo dado vuelta, siempre, era mi fucking estilo. pero cuando volvía a casa estaba todo en su lugar, como si antes de irme hubiera vomitado un grito demencial que destornillara a las cosas de su desorden voluntario y las cobijara en sus formas eternas, siempre iguales. la cama al costado y el bidet al lado del inodoro. Me daba tanto miedo irme de mi casa, dejando los licores, las cartas pornográficas, mis memorias en la computadora, los sitios gays en Internet, los porros, y mi alma que quedaba filtrada en las sábanas porque a las noches no podía pegar un ojo.
Me acuerdo que me acostaba cuando oía sonar el despertador de mi viejo que lo abortaba de su sueño para deshojarlo en los subtes, el trabajo, los subtes y a casa a ver todo en su sitio, porque mamá se ocupaba de la eterna resolución de los problemas que tenían las cosas para permanecer quietas, en un lugar y no moverse. Era como que deseaba meter chinche en las cosas, y creo, que hasta en ella misma, que no se podía quedar quieta. Ahh, ahora entiendo... perdón, sigo. Después de que se iba mi viejo, aparecía en escena el ruido del frotamiento de las entrepiernas de los pantalones de mi vieja. Corría y bufaba, puteaba en su interior. Me daban ganas de abrazarla y rogarle que se quedara conmigo, y que hablemos de todo lo que nos hacía mierda, y que los “buenos días y despertate que son las ocho y media” nos distanciaban porque nunca creímos en ellos ¿Estoy esperando que se rebele para rebelarme yo?. Me quedo solo, por fin. Entonces duermo hasta el mediodía. Almuerzo a los tirones, me atraganto, no muerdo, trago, eruto y cago no se qué porque ya no se que entra a mi cuerpo. Prendo la tele y el sinfín de cosas que entran por mis ojos y llegan hasta mi mano que me masturba la picha hasta que acabo y me limpio en cualquier cosa que sea tela. Agarro mis cosas. Salgo. Desaparezco. Te miro. No se quien soy.

1 Comments:
estuve leyendo casi todo, ahora sigo, leí tanto que ya no sé qué comentar, excepto que me gusta la gente que no se reprime a la hora de escribir como lo hago tantas veces yo.
o tal vez no, tal vez nos reprimimos los dos, sólo que diferentes cosas.
"Nací para quedarme en la tumba"; esa fue una de las frases que más me gustó.
(cecilia.)
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