Como dice papi Spinetta: "Ahh... basta de pensar"

Hay que reconocer que hoy estamos a la vuelta de todo, o sea, que nos vemos por todos lados a nosotros mismos, como de veintemil ángulos distintos y siempre reflejando la atención en el propio cuerpo, pero con la certera evidencia de que se mira por infinitos puntos, que se deja reflexionar por infinitas opiniones, y que se deja destruír por la temida falta de atención que de un día para otro esos implacables millares de cosas que ven esto que se decae dejan de ver porque ya no quieren o porque ya es tan grotesca la burla de sus torpezas y de los gags uno se rie una vez y lo demás es todo improvisación.
Una vez me miraba desde el fondo del colectivo. Yo me estaba poniendo nervioso porque la gracia no me acompañaba. Era como que me quedaba colgado de la baranda de afuera del colectivo y para disimular mi cara de foca cuereada elongaba las puntas de la forzada sonrisa hasta las distintas formas de las nubes, que en este momento tres me hacían acordar al último juicio de Berta, que había atornillado dos tornillos a la cabeza de su marido dormido sentado, frente al televisor, o sea, una nube era Berta, otra el abogado y otra el que sigue todo el juicio anotando cosas, como haciendo la crónica que luego venderá a los periodistas de medios gráficos sensacionalistas.
Ese día estaba colgando una toalla del fierro de la ventana y de repente me miró desde el quinto piso. Yo pensaba que desgracia era todo esto que se imponía en mi vida que era recontra aburrido y que siempre era lo mismo hasta en los momentos de mayor libertad era una tortura hasta los momentos de mayor placer era una mentira todo el tiempo fingiendo que estoy bien y yo la verdad que me gustaría empezar de nuevo y sentir como se despereza la mano y todo el cuerpo que toca sin parar que se gusta como nadie y yo te quiero pero no se a quien quiero más si a mí o a todo esto que me rodea y no quiero porque ya fue todo esto como si se lo llevara la corriente y no me animo y sabés que así te quedás hasta que explote y no pueda más necesitarte pero esta vez adivino que te vas a caer vos.
Todas las cosas que se relacionan con este momento son todo lo que pasa ante mis ojos en este momento en que capto solo una parte de la cadena infinita de cosas que van enhebrándose como tachuelas de vestido de vedette. Es como si quisiera agarrar un grano de arena y tenerlo como un amuleto y llevarlo en la cartera, así sueltito, y dejarlo en el balcón para que tome aire, y el granito siga estando for ever en la vida de uno sin que ello signifique ser dependiente a la arena, que vendría a ser como la imagen perfecta de ese grano de arena. Bueno, como ese grano es el momento sublime que estoy mirando ahora y que la gran insistencia del tiempo va a ligar a sus infinitos sucesos, con esas sonrisas que vi al nacer, que siguieron en el catre y que acompañarán los vaivenes de esta partitura ebria.
A veces creo que las situaciones de mierda que completan mi actual desesperanza me invaden con la intención de quedarse para siempre así –destruyendo a garrotazos de miradas acusadoras todo acto voluntario de mi alma. Es al pedo la cita de la desventura cuando hay tanto por decir y hacer y registrar y caminar y bailar y escuchar y desear y tragar y gustar y extrañar y conocer y quedarse quieto como un cisne imitando en el agua a una furia descontrolada de adioses que se dicen cuando no quiero que toda la mierda me inunde de nuevo.
La historia política de este país es una escena tan repulsiva que hace estremecer todos los vientres con toda la mierda que hacen tragar a los ya inoperantes cráneos vacíos de los que ven todo el tiempo boludeces como loterías, entretenimientos humorísticos, clases de gimnasia en aparatos, noticieros editoriales del poder de sus propios negocios, una seguidilla de cosas que aparecen y desaparecen mientras están en las camas agarrándose las bolas y pidiendo al cielo que no suene el teléfono para no sacarlos de la supuesta calma con la que financian tantos años de hipocresía y vida al pedo.
Yo solamente quería ser aficionado a la nada, a la espera de algo que no era utopía porque no quería transformarse en ciencia ni en derecho político. No quería tocar nada que no fuera todo lo que era mi mundo, en ese entonces reducido a una ensoñación milenaria, que no se desprendía de las cosas cómicas que había visto y de las negruras de las cosas que entraban en el foco de atención del recuerdo eterno. Era una vinculación real. Nada se sostenía por dos minutos. Todo era un querer volver cuando todos se fueran de una vez. Esa soledad campestre sin mosquitos. Esa doble suciedad de caca de perro en las zapatillas que ahora se volvían solitas como cucarachas al deslumbrar azul de los otoños negros, todas cansadas de andar por esas calles tontas y con esos gusanos que se ponían a pastar tontamente. Y así, mirando el silencio, estaba hasta cuando las empanadas que se tiraron a la basura comenzaron a examinar desde el tacho cómo la lágrima de la viruela mal curada comenzaba a encenderse roja en su rodeo por la cuadra febril de esa nada que soy yo cuando me miro en el vacío y somos uno porque no queremos nada más que vernos y unirnos porque somos uno y a ello tendemos: a la unidad del descanso eterno.
Cuando estoy afuera, y actúo que soy ese que no soy yo, me divierto adivinando el triste personaje que se esconde atrás de las uniformes máscaras vacías que alimentan la risa idiota del mundo. Es como si todos ellos fueran un enorme espejo en donde se reflejan, idénticos, mis propios pensamientos, movimientos y palabras. Que asco el espejo. Que suerte que este martillo lo pulverizará, lo hará añicos. Yo soy el salvador. El mesías. El que aparece y no quiere cámaras. Abajo los flash, please...
Todo deja de tener sentido, todo deja de tener sentido. Es como que miro y veo lo que antes nada me había producido curiosidad y ahora parece ser la revelación que despierta mi conciencia y la arrastra por el camino del logos uno que estalla en mis ojos y pulveriza todas las imágenes sueltas y todas se unen y bailan como una danza así, toda enhebrada sin fisuras pero orientada hacia infinitos disímiles que corroen mis pasos en la calle. Entonces me detengo y digo que no veré más los alcauciles y la leche y las sombras suyas pisadas por ellos.
Era algo que hacía porque era ley de lo que se me imponía en contra de lo que yo quería hacer. Entonces, era el momento: repito lo de ayer que repite la historia que se concentra en ese punto donde aparezco yo y se me dice hacés esto para siempre sino no tiene sentido el punto en donde estás ubicado y ya hacelo o desaparecés de este punto. Que te produce más temor: el miedo de ser siempre así que no quiero ser más o ese giro que te separa por completo del circo cósmico que alaba por siempre eso que sos y no querés ser porque te hace hacer esto que no querés hacer más.
La gente se regodea cuando la mierda se cotiza mejor. Cuando todos levantan la mano por un candidato y sale el más buchón o aburrido o alcohólico. Todo tiene que salir. Yo quiero estar afuera de esto por ejemplo. No quiero pertenecer más. Nada de lo que hago me conmueve. Nada de lo que toco es real. Todo parece un fiambre con barba. Es como inyectar al suelo una hemorragia sacada del hígado de un patriarca militarista. Y yo, con mucha fiaca, me levanto y emito mi voto por el más feo porque al fin lo estético es lo que me saca del conflicto. Lo nuevo es el brillo de lo estético, de lo que le da marco pero no le da materia. En definitiva amamos la materia que se diversifica con el paso de los tiempos, o sea, amamos lo mismo pero le cambiamos el brillo.
Cómo puedo hacer para adaptar una cosa con entidad propia y legitimada en el imaginario social a mi propio entendimiento y sobre todo cómo hago para expresarla de acuerdo a lo que yo pienso de esa cosa con entidad propia. Es como que pienso la cosa, la entiendo a mi manera y la transmito como la entendí y de alguna manera la realizo de nuevo de acuerdo a mi propio entendimiento de la cosa con entidad propia. Y así miles, cientos, millones de interpretaciones del racimo habitual de acontecimientos, pensamientos, objetos y mercancías. Todo es pensar desde los objetos construidos para darles el marco de significación donde se juega el convite convencional de todos los hombres en su afán de comunicarse con todos los hombres que entienden que lo que ven es lo mismo y lo que interpretan es siempre lo mismo.

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